Cuando las instituciones oficiales se preocupaban más allá de sus funciones “obvias”, solían sorprender a sus usuarios-beneficiarios con sorpresas insospechadas. Ese fue el caso del ISSSTE, institución dependiente del Estado mexicano que en los años noventa sacó a la venta una colección de materiales de lectura que amén de abordar temas diversos, también exploraban plumas nuevas en géneros variados. Esa colección fue bautizada, como sospecharán, como Biblioteca del ISSSTE. En ella se publicaron títulos de narrativa, poesía y ensayo. Varios nóveles escritores vieron cristalizados sus sueños de publicación en ese proyecto de bajo costo de financiamiento, debido a la calidad precaria de los materiales: papel, edición y producción baratísimas. Lo cual redundaba, también en su bajo precio de adquisición.
En esa colección se publicó, en 1999, el título Apague la luz… y escuche. Una tríada de crónicas de Pável Granados que reconstruía parte de la historia de la radio en México. Una historia en donde la música tiene un papel singular e imposible de pasar por alto. Junto a la crónica que da título al volumen, Granados incluyó dos textos más: uno dedicado a Agustín Lara y otro, el que cerraba el volumen, acerca de Rockdrigo González.
Entrevistas con algunos de los sobrevivientes de la época de la primera XEW, remembranzas de las primeras transmisiones de las difusoras de Monterrey, reconstrucción de las voces de cantantes como el propio Lara, Pilar Arcos, Chelo Flores, María Conesa, Ana María Fernández, Pedro Vargas; todo cabía y se explayaba a lo largo de sus páginas.
Presentación, cortinillas y comerciales de la XEW
Voces cuyos nombres recuerdan sólo nuestros abuelos o sus padres. Injusto anonimato para muchas de las voces y la música que hacían soñar, literalmente al escuchar en la oscuridad, a generaciones de mexicanos que crecieron escuchando las veladas musicales, las radionovelas, las transmisiones en directo que representaban novedad sin límites. Granados consigue contagiar ese entusiasmo con respecto del fenómeno que retrata. Los ensayos que añade sobre Agustín Lara y Rockdrigo no hacen sino poner en evidencia que su escritura parte del gusto tremendo de saberse parte de la tradición radiofónica mexicana.
Es una pena que el ISSSTE no tenga, ahora en que los medios tecnológicos lo permiten, un sitio en el cual el público, derechohabiente o no, pueda tener acceso a los textos diversos en temática y acercamientos a fenómenos más que múltiples que engloba esta colección. Plumas como las de Mónica Lavín, Héctor Azar, Carlos Monsiváis, Joaquín Armando Chacón y otros, serían reconocidas y disfrutadas si esos textos se subieran a la red, por ejemplo. Por mientras, pueden leer el arranque de esta crónica de Granados si dan clic por aquí: (http://www.buenostipos.com.mx/TALLER/pavel.html).
Si tienen oportunidad de acceder al libro estoy seguro que no se arrepentirán. Y, seguramente, escucharán cosas que les suenan conocidas, como ésta:
Escuchar: verbo tan generosamente sinestésico –que lo mismo es ver que tocar– es ventana que me permite asomarme al mundo. De ninguna otra forma enriquezco mi capacidad de escribir que siendo un radioescucha. Es una manera inmejorable de acercarse al mundo, durante esta experiencia uno se convierte en sociólogo instantáneo (ejercicio: encontrar el nivel socioeconómico de los dialogantes: “¿Sí, de dónde nos hablas” “De la colonia Mártires de Solidaridad” “¿Y cómo se dice en la colonia Mártires de Solidaridad?” “¡Aquí suena la Ke Buena!”); en confesor sentimental (¡Ayúdeme, doctor Lammoglia! Mi marido dice que me ama, pero nunca me pega. ¿Qué hago?); en escritor de parábolas ejemplares (Hubo una vez, en un reino muy lejano, una Opinión Pública madura y objetiva. Al fin tenía plena conciencia de su existencia social. Se quedaba despierta hasta muy noche y hablaba a sus programas de radio favoritos: “¿Hablo al programa de La mano peluda? Les quiero contar algo escalofriante. Su programa de radio preferido era el de Nino Canún y estaba agradecida con su presidente por la democracia que éste le había regalado); en espectador que confirma que las clases bajas tienen oportunidades de ascender socialmente (¡Felicidades, señorita, se ha ganado el refrigerador de sus sueños!); en etiólogo de Provida (¡Jamás lo permitiré! ¡Jamás! Esta criatura que palpita ya en mis entrañas es una víctima de nuestro pecado, es inocente y tiene… tiene… ¡El derecho de nacer!).
Es un libro que más que leer se debe escuchar. Con los ojos cerrados.
Pável Granados, Apague la luz… y escuche, México, ISSSTE, 1999, 99 pp.
















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