Dice el protagonista de Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain en su “Bitácora de supervivencia”: “Sencillo: ahora la onda es no tener onda. Somos los sin onda. Somos una generación que crece como la espuma. A la velocidad que subimos, hemos de bajar”. En la sintonía de obras seminales de la década de los noventas como Generación X de Douglas Coupland, Trainspotting de Irvine Welsh o Menos que cero de Bret Easton Ellis, Rubén Don nos conduce por una serie de peripecias en los que la música, la sexualidad, las drogas y los excesos se combinan con el vacío, la soledad, la falta de identidad y la necesidad de fuga.
Todo ocurre en un escenario que es clase social: la clase alta que asiste a una preparatoria de paga en la Ciudad de México. Lo que ocurre en esos espacios “privilegiados” nos es mostrado por la voz y mirada de Santander, junior desmadroso que, habitado por un personal apocalipsis (en su sentido original de “revelación”), llega al final de cursos del último semestre en medio de una crisis de identidad, de ética, de ausencia de futuro que ubica a su personaje, de manera inequívoca, como uno de esos productos de las crisis sucesivas de los años setentas y ochentas latinoamericanos. Nomás que del lado de los ricos.
Admirador de David Bowie y vocalista de una banda de rock que tocas covers, Santander deambula por las tripas de una ciudad de México que califica en matices como una Ciudad Gótica iluminada por focos de puestos de tacos callejeros, o como una Sin City con prostitutas adolescentes que son regenteadas en locales exclusivísimos para los poderosos y sus hijos que, en perversiones y mañas, compiten cuerpo a cuerpo.
“I Know It’s Gonna Happen Someday” de David Bowie,
incluido en el soundtrack de la novela
Así es como el universo personal de Santander es contrapunteado por las notas de su admirado camaleón, por la aguardentosa voz de Bunbury en su fase Héroes del Silencio, por Nirvana, por los Red Hot Chilli Peppers, por The Beatles. Por una serie de músicos y sonidos que son, incluso, invocados en la parte final de la novela como el soundtrack que la acompaña; una influencia innegable del papel que el cine tiene en el autor, y en la generación que describe. Un soundtrack que remite no sólo a los gustos del protagonista sino a los de una generación que, a pesar de que se conciba como algo homogéneo, en realidad es de una diversidad impresionante. Por eso no es raro que aparezcan referencias a Luis Miguel, Madonna, Shakira, No Doubt, Alejandro Sanz o los NKOTB.
El acierto de la novela radica en acercar en la memoria aquellas situaciones que transitamos durante la adolescencia los que nacimos en los años setentas y que vivimos de manera cercana los ambientes culturales que Don describe. Y también todas las experiencias que son ambición del protagonista y cuyo desenlace es afortunado en la mayoría de las veces: la fuga geográfica en rebeldía a la sombra paterna, el acostón con la maestra-terapeuta buenona, el ser una celebridad en el ambiente inmediato en el que se habita. Aunque hay otras que resultan disonantes y, por lo tanto, integran sensaciones transgresoras para un lector bienpensante: la pulsión incestuosa con la hermana monumental, el silencio cómplice ante una violación colectiva, la facilidad con la que las drogas modifican el comportamiento de los que se involucran con ellas.
“Smells Like Teen Spirit” de Nirvana,
sin lugar a dudas, el leitmotiv de la novela.
Hay una tensión en la mirada adolescente de Santander. Esa mirada que reprueba o cuestiona, pero que no emite juicio alguno. En ningún sentido la novela resulta moralista o intenta pasar a estrado a sus personajes. El desenlace es muestra fehaciente de esto. Una novela intensa, con buen ritmo, un ritmo, sin lugar a dudas, adolescente.
Rubén Don, Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain, México, FETA, 2011.
|amx
No related posts.
Related posts brought to you by Yet Another Related Posts Plugin.

















Deja tu respuesta
Debes iniciarsesión para comentar.